El guardia civil villanovense que detuvo a Bernardo Montoya en 1995

El guardia villanovense Emilio Dïaz.HOY.ES/
El guardia villanovense Emilio Dïaz.HOY.ES

El guardia civil villanovense Emilio Díaz, arrestó al asesino confeso de Laura Luelmo, tras el asesinato de una anciana en Cortegana

Celestino J. Vinagre
CELESTINO J. VINAGRE

El 15 de diciembre de 1995, los guardias civiles extremeños Emilio Díaz Moreno, con 42 años entonces, y José Manuel Rodríguez Mesa, de 29 años, recibieron una llamada en la Comandancia de la Guardia Civil de Huelva. En Cortegana, en la sierra de Aracena, una mujer de 82 años llamada Cecilia había aparecido muerta a cuchilladas en su casa. Díaz, jefe del equipo de homicidios de la Policía Judicial, estaba al frente de la unidad de la Benemérita encargada de esclarecer la muerte. Apenas dos días después, detuvo a Bernardo Montoya Navarro, el autor confeso de la muerte de la joven Laura en El Campillo, como asesino de la anciana. Emilio Díaz fue amenazado años después por Montoya cuando fue condenado a prisión por el crimen de la octogenaria: «Te voy a matar cuando salga de la cárcel».

Díaz, ya jubilado, vive en Huelva, aunque no olvida a su pueblo, Villanueva del Fresno. Tampoco ha borrado de su memoria a Bernardo Montoya y a su hermano Luciano, también en prisión por otra muerte en Cortegana. El domingo, cuando la desaparición de Laura era 'vox populi' y se empezó a hablar de los hermanos Montoya, lanzó un lúgubre presagio sobre el final de la joven zamorana: «La chica está muerta y puede haber sido Bernardo», dijo el extremeño a los más cercanos.

Emilio Díaz Moreno no solo fue el guardia que detuvo a Bernardo Montoya por el asesinato de la octogenaria de Cortegana. Hace siete años, cuando murió la madre del condenado, fue el encargado de acompañarlo desde la cárcel de Huelva al municipio serrano para que asistiera al entierro. El juez había autorizado su salida provisional de prisión y Díaz, que era jefe de seguridad de la prisión onubense, fue su sombra. Le acompañó, esposado, hasta su vuelta a la cárcel.

«Era una persona fría», resume el exjefe de homicidios a HOY. «Cuando una persona mata a otra y no tiene remordimientos es factible que vuelva a hacerlo. Como ha pasado», agrega. «No sabía nada de Bernardo antes de la muerte de la anciana en 1995. Después supe que eran de Badajoz. Del barrio de la UVA o del Gurugú. Llegaron a Cortegana porque tenían allí familia. De Badajoz salieron porque, según la ley gitana, fueron desterrados. Se les obligó a irse de la ciudad por las peleas con otros gitanos. Cuando llegaron a Cortegana los hermanos Montoya tendrían ocho o diez años», explica.

Huellas en la ventana

Díaz rememora cómo descubrieron en 1995 su primer asesinato. Fue gracias a las huellas dactilares que dejó en el bastidor de una ventana. «Cecilia era una viuda y vivía sola porque su único hijo estaba en Alemania. Había denunciado a Bernardo porque meses atrás le había intentado robar y le produjo heridas. La mujer no quiso retirar la acusación y una noche Bernardo cogió una escalera que había en un patio de un vecino para subir a la planta alta donde vivía. Entró por una ventana, rompió con un cuchillo la lámpara de su habitación y asestó siete puñaladas mortales», relata.

«Bernardo se marchó unas horas a El Rocío, con algunas personas más. Llegamos al pueblo y empezamos la investigación. Nos condujo a él. A las cuarenta y ocho horas del asesinato estaba en su casa junto a su hermano gemelo, otro hermano mayor y sus padres. Llamé a la puerta y le dije que se tenía que venir al cuartel de la Guardia Civil. Le dije que estaba detenido. No opuso resistencia. Al principio no quiso confesar que mató a la mujer, pero al final lo hizo una vez que comprobó las pruebas que teníamos», añade.

Bernardo Montoya fue condenado a 15 años por asesinato y a otros dos años y siete meses por robó porque, además de matar a la inquilina del domicilio, se llevó diversas pertenencias. Cuando el juzgado dictó su sentencia condenatoria, Montoya amenazó de muerte al guardia de Villanueva del Fresno que le descubrió y le detuvo.

En el entierro junto a él

La casualidad hizo que años después volvieran a coincidir en la cárcel de Huelva. «No me reconoció a primera vista. Yo sí sabía quién era. Fui yo quien le acompañé, esposado junto a él, al entierro de su madre», narra. «Volvió a la cárcel y fue pasando por distintos módulos. Acabó siendo uno de los presos que tuvo un trabajo, el de fontanero, y por eso me parece que cobraba unos 300 o 400 euros», recuerda a este diario.

Cumplió su condena y salió a la calle. Solo tenía la prohibición de estar en Cortegana. Se instaló en un pueblo más o menos próximo (El Campillo está a 50 kilómetros), en una casa de su padre. «Laura no tenía que haber ido nunca allí. Esa niña no tenía que haber muerto. Ha habido un fallo de coordinación entre Instituciones Penitenciarias y las fuerzas de seguridad porque una chica joven no podía vivir en una calle apartada junto a un delincuente como ese, muy frío, sin remordimientos», remacha el exagente.

Díaz Moreno y Rodríguez Mesa, que sigue en activo en la Comandancia de la Guardia Civil de Badajoz, también participaron en el esclarecimiento del asesinato de otra mujer en Cortegana a manos de Luciano Montoya, el hermano gemelo de Bernardo. También murió a cuchilladas en su domicilio.